La soga al cuello y una decisión al límite del reglamento. El estratega
Ayrton vio cómo sus ilusiones se desvanecían en el barro cuando su selección de Serbia quedó trágicamente fuera de la cita máxima. Pero un ganador jurado no se queda a ver el Mundial por televisión. En una jugada relámpago que sacudió el mercado de la liga, decidió gatillar los
100 mil pesos de la cláusula para tomar el mando de
Turquía, un barco que ya tenía su pasaje asegurado al torneo.
"Pagar para jugar, jugar para reinar. Pero el fútbol virtual no absuelve los pecados de la desesperación."
El destino, caprichoso y cruel, le tenía preparada una trampa de proporciones bíblicas: contra todos los pronósticos, la escuadra turca tropezó en la fase de grupos y quedó
insólitamente eliminada en la primera ronda. El golpe fue devastador; un fracaso inmediato que arrastraría consigo una consecuencia temida por cualquier DT:
la caída estrepitosa en las valoraciones y la baja en los stats de sus jugadores.
Sin embargo, las leyendas se forjan en las malas. Ayrton, un conductor que ya conoce la gloria absoluta tras haberse consagrado en la prestigiosa
Copa de Campeones, sabe perfectamente que el verdadero líder reluce cuando el viento sopla en contra. Con el plantel golpeado y los números en rojo, se dispone a exprimir hasta la última gota de sudor de sus dirigidos, reinventándose desde las cenizas otomanas para demostrar por qué su lugar está, estuvo y estará siempre en lo más alto. En la auténtica cima de la FIPES.